divendres, 16 de juliol de 2010

V1

El capitán necesitaba encontrar su vieja brújula, pero en lugar de eso vio un pequeño libro medio escondido. Estaba entre sus cosas, justo al final de sus cuadernos de bitácora. Lo sacó, sopló para quitarle el polvo y entonces recordó qué era.

Había navegado por una ciudad donde las calles se abrían para dejar paso a barrancos y puentes. Había buceado por plazas con cintas deluz roja, que una vez al año ardían en llamas para decir adiós. Había lidiado con la rosa de una lugareña para amansar un toro estrellado. Había atracado en puertos de paja y centeno para llegar a playas de agua dulce rodeadas de bosques frondosos. También oyó el rumor de que antaño se hablaba una lengua de reyes que algún habitante recordaba vagamente. Comía manjares que su barco no había, si quiera, imaginado. Había levantado la vista para comprobar que en los cielos aún quedaban luciérnagas y el silencio era interrumpido, únicamente, por las olas que chocaban contra las hojas de un almendro. Descubrió con caricias leyendas de épocas pasadas, ladrillos de torres que aún protegían la ciudad. Observaba, desde la distancia, amantes marmóreos que se estimaban eternamente.

Cerró el libro, pues ya no deseaba su norte.



( Terol, Juliol 2010)

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